Vos y yo éramos iguales, mientras nadábamos en ese abismo sin fondo.
De vez en cuando sentíamos que nos ahogábamos y se nos olvidaba cómo nadar de nuevo. Buscábamos un flotador que nos salvara de hundirnos y nos aferrábamos a él. Así éramos, felices en ese abismo de oscuridad y burbujas, atados a algo que nos auxiliara.
Pero ese flotador no nos hacía ascender, no nos empujaba. Al principio insistíamos en que lo hiciera, porque nosotros nos seguíamos ahogando. Y él no nos rescataba. Nos desesperábamos, comenzábamos a patalear por nuestra cuenta. Nadábamos.
E incluso así, no podíamos alejarnos del flotador, porque el miedo nos seguía atormentando. El solo recuerdo de ahogarnos nos enloquecía.
Lo que no sabíamos era que el flotador no podía sacarnos, ni ahora, ni nunca. Podíamos cambiar de flotador cuanto quisiéramos, pero seguiríamos nadando en la poza sin fondo eternamente.
No debimos enamorarnos del flotador, sino de nuestras propias piernas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario