Nadie debería poder presenciar la vida entera de otro ser humano. La sacaste de tu propio cuerpo para traerla a este mundo y la metiste en una caja para enviarla al siguiente. Tus manos están llenas del vapor de dos deidades opuestas.
Hoy te sientes una sexta parte menos madre que hace un año. Y esa parte vacía sabe a formalina y pesa como nicho de concreto.
Nunca esperas que la rosa que sembraste se marchite en tus manos. Nunca esperas regalarle un rosario mortuorio a quien antes te marcó el vientre con cicatrices de espinas.
Te prometieron que se verían las caras del otro extremo del vidrio. Te mintieron.
La caja está llena de brotes frescos, nadie más que tú los cuidaría.
No se debería poder presenciar la vida entera de otro ser humano. Pagas con tu sufrimiento la tarifa por ser un testigo prohibido.
Sabes qué día es hoy, lloras en la mecedora de madera mal secada. Desde la ventana del corredor del frente, sentada a la par del rosal anaranjado, el brillo de la guadaña te saluda con un grotesco “Feliz día de la Madre”.
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