Vos eras tan hermoso y yo tan estúpida. Con tus ojos grandes tornasolados de emociones, tus ojos que no mentían, al menos para mí.
Vos siempre tomabas, te encantaba tomar; y a mí me encantaba dar, por lo que funcionábamos perfectamente. Todo en este mundo era para mi pequeño monstruo, mi amado monstruo, mi dulce monstruo.
Eras afectuoso y tierno; con los abrazos también traías calidez y alegría. Sin embargo, eras… ¿cómo decirlo? Poco cuidadoso.Correteabas por ahí y de repente me dabas un manotazo en el brazo que dejaba un pequeño moretón, te lo decía y te enfurecías. Vos no tenías la culpa, por supuesto, vos eras solo un pequeño monstruo andariego que se había equivocado.
Te buscaba, te enseñaba el moretón del brazo y te entristecías. No querías acercarte, pero yo quería estar cerca de mi lindo monstruo de ojos grandes e iba a perseguirte. Te mimaba con mi otro brazo, el sano, y venías a jugar.
—No es muy afectuoso—comentaban quienes venían a verlo.
—Debe prometer que se portará bien—afirmaban otros, más severos.
Era cierto y no importaba porque eras mío, mi dulce y descuidado monstruo. Te encantaban los regalos, la comida y las palabras de afecto. Yo tenía todo eso. Te regalaba amor, te regalaba palabras y te regalaba mi corazón. Incluso a veces me traías algo para mí. ¡Cuánta alegría!
Eras tan dulce y al mismo tiempo tan poco cuidadoso. Un día, por accidente, me clavaste una de tus garras en la pierna, estabas tan asustado que fuiste a esconderte en la casa de los vecinos. Tuve que entrar a buscar por mi cuenta un vendaje, hacer un torniquete improvisado e ir a buscarte.
Estabas agresivo, como siempre, gritabas que era mi culpa por haberme metido en el camino de tu garra, porque vos no tenías la culpa nunca, vos eras solo un pequeño y dulce monstruo, tan precioso. Te enseñaba mi herida, mis lágrimas, te acercabas entonces convertido en un puño de tristeza y volvías a casa. En la noche, te pedía que me ayudaras a cambiarme los vendajes y solo te escondías para no hacerlo.
No te gustaba mirar mis heridas, incluso cuando te pedía ayuda con alguna pequeña cosa preferías escapar. Temía que huyeras para siempre de mí y te hacía comprender que no era tu culpa. Vos eras solo un pequeño monstruo descuidado, nunca me harías ningún mal. Te cuidaba.
Salíamos con la gente y éramos felices. Yo ocultaba lo mejor posible la fea marca de la garra porque no quería que juzgaran a mi inocente y dulce monstruo. No lo había hecho con intención, claro que no. Era un monstruo tan lindo…
La siguiente vez estabas jugando con tus amigos, traté de acercarme a ti y en un arranque de felicidad me enterraste la garra en el ojo.No te percataste, seguiste jugando con los otros y yo me arrastré a secarme el líquido. No veía bien y se hizo de noche. No llegabas. Aunque me sentía mal, salí a buscarte porque vos eras mi monstruo asustado, temía que huyeras.
Te encontré y estabas temible. Me enseñaste las garras y me hiciste unos raspones en los brazos, pero yo corrí a abrazarte. Eras mío, mi pequeño monstruo, jamás me harías daño. Excepto por el mechón de cabello que me arrancaste en un accidente y el aceite que me derramaste en un brazo y el corte de navaja en mi mejilla y cuando me mordiste el brazo para enseñarle a tus amigos cuan roja era mi sangre. Cada vez me prometías comportarte mejor y te creía, jamás me mentirías.
Tuvimos largas conversaciones y regaños para que miraras mis heridas. Eras poco cuidadoso, pero estaba segura de que antes de hacerme daño las recordarías. Siempre creí en mi amado monstruo.
Luego estuvo esa otra vez. Yo ya veía poco porque mi ojo nunca había sanado y, sin embargo, te molestaba cuando te pedía ayuda. Era de noche, caminaba tomada de tu mano y en un momento echaste a correr. Eras un monstruito tan descuidado… me arrastraste con vos hasta que te estorbé, entonces me tiraste y no pude levantarme. Me había roto una pierna. Vinieron a buscarme.
En la sala había murmullos acerca de mi pequeño monstruo, mi querido. Todos señalaban su mal comportamiento y yo escuchaba. Ninguno te entendía: solo estabas asustado. Te había regañado demasiado, era mi culpa. No había ningún motivo para mostrarte mis heridas anteriores. Esta vez sería la diferente, esta vez te preocuparías.
Cuando se fueron, fui a buscarte. Fue una lucha ardua,gruñías para que no te llevara a casa y en una de esas me mordiste. Afortunadamente, solo perdí el dedo meñique. Cuando viste la sangre te asustaste y regresaste a casa. Me até el trozo de dedo con un pedazo de camisa vieja, te pedí tu ayuda para hacer el nudo, pero te negaste. Fue muy tonto de mi parte, estabas asustado, no debí pedirte ayuda cuando estabas asustado.
Me gustaba mirarte con el ojo que me quedaba y soñar contigo. Ya no salíamos tan a menudo porque mi pierna no me dejaba caminar bien. Aún así, me encantaba abrazarte y permanecer aspirando tu perfume. Eras mío y solo mío, mi angelical monstruito. Si alguien te reprendía o te pedía ayuda, te molestabas, porque eras solo un monstruito.
Vos eras tan hermoso y yo tan estúpida. No lo vi venir, es cierto. Estabas tan dulce y tan afectuoso últimamente... Por eso no presentí nada cuando ese día te alzaste con todo tu cuerpo sobre mí. Me rebanaste la cabeza.
—Solo quiere sacarte la sangre e irse—decían algunas voces en mi memoria, quizá no estaban equivocados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario