lunes, 9 de junio de 2014

El tren [Cuento]

—Siéntese, por favor—limpió el banco antes de ofrecérselo, más por hábito que por necesidad—. Dice usted que conoce a mi Clara.

—Sí, señora, la conozco—él le tomó la palabra y ocupó el sitio. —¿Y de dónde? Ella no pareció reconocerlo en la entrada—le sirvió, sin consultarle, una taza de té, porque con ese día tan nublado nadie dudaría en aceptarla.

—De dónde es una pregunta más difícil de lo que imagina—él bebió un sorbo: jazmín.

—Pues bueno, si no me lo dice, no habrá forma de que pueda ayudarlo—se sentó frente a él, con su propia taza.

El hombre bebió un sorbo más. Tenía un aspecto taciturno y meditabundo, como si todas las preocupaciones del universo hubieran caído sobre sus hombros y lo hubieran cansado demasiado. Caminaba ligeramente encorvado, con el vientre encogido; se sentaba de igual forma. Siendo justos, tenía más características de joven que de señor y aun así era imposible no tratarlo con cierto respeto.

—Si se lo digo, ¿será capaz de aceptarlo y entenderlo?

 —Si no me lo dice, ¿cómo podremos saberlo?

Él sonrió, dejó caer su rostro sobre la taza y recogió el reflejo con los ojos.

—La conozco desde siempre, desde un tiempo ya innombrable para alguien como usted. De otra época, de otro mundo, de otra vida para ser exactos.

—¿De otra vida?

—No puedo garantizarle que haya algo más después de esto, señora, aunque puedo explicarle mi caso. Nací, es cierto, hace 25 años, en un país mucho más al norte y mucho más helado. Y, sin embargo, no fue la primera vez que nací.

Cuando vi a Clara, a su Clara, lo supe de inmediato, que se trataba de ella, no hay posibilidad de equivocarse. No puedo decir que físicamente sea igual a la forma que tuvo en el pasado, pero su esencia permanece imperturbable. ¿Ha notado esa sensación que tiene uno al ver a alguien familiar? Esa sensación la tengo, con Clara y con otras personas. Una certeza del pasado, una sombra, algunos rasgos jamás se desvanecen...

—¿Y desde cuándo empezó a tener esas sensaciones?

—Desde que vine a este mundo, por supuesto—dio otro sorbo—. No es sencillo, señora, créame, eso de vivir otra vida. Tuve que enfrentarme al dolor de la muerte, un dolor que no puede compararse con ningún otro. Su mente se desprende de su cuerpo, ¿comprende? Todos los nervios le duelen al mismo tiempo como si explotaran y después pierde el conocimiento.

Cuando desperté, pensé que había enloquecido. Estuve en un letargo oscuro por nueve meses. No poseía conciencia al principio, incluso dudé de que fuera humano; pero poco a poco recuperé mis sentidos y mis capacidades. Creo que es en ese punto en el que la mayoría olvidan quienes son, es difícil conservar la cordura en medio de ese desvarío acuoso.

Salí y vi la luz, de nuevo. Sin embargo, mi cuerpo no era el mismo y no funcionaba de la misma forma. Le parecerá curioso saber que los bebés no pueden hablar, por mucho que lo intenten; algo en la garganta nos garantiza el poder amamantarnos de la madre, a cambio del don de la palabra. Era todo tan extraño. Mi cuerpo no funcionaba de la forma que yo hubiera esperado, mi conciencia no me obedecía. Estuve sumido en sueños profundos de afecto y soledad.

Poco a poco aprendí a controlar mi nuevo cuerpo, desde cero. El dolor de los dientes que atravesaban mis encías me mantenía despierto. Para mi madre, cada paso era un logro; para mí, solamente una reconquista. Era tan frágil e indefenso.

No crea que en aquel entonces mi conciencia era tan clara como ahora, no, el cerebro de un infante no puede procesar esa clase de pensamientos. Yo sentía, presentía, que había poseído otras habilidades en el pasado. Observaba a mi madre escribir y recordaba mis manos haciendo lo mismo; así con cada cosa.

Era desesperante, señora, y no sé cómo me sobrepuse al crecimiento. Cuando recuperé la capacidad del habla, sentí un deseo por compartir mi experiencia con los otros. Pero sabía que era extraño y anormal, nadie iba a creerme como quizá usted no puede creerme ahora. Por eso, lo guardé para mí, todos esos recuerdos.

No sé si alguna vez se ha topado con uno de esos que llaman “niños-viejos”, no sé si Clara lo fue. Yo sí fui uno de ellos. Las clásicas diversiones infantiles me parecían aburridas y predecibles. Me encantaba construir máquinas sencillas con piezas que encontraba. Mi padre hallaba este rasgo atractivo y no dejaba de buscar motores en las chatarrerías para que pudiera divertirme. Las conversaciones de los adultos me resultaban fascinantes y prefería estar con ellos en lugar de acompañar mis primos. Mi abuelo, debo confesar, fue el soporte de toda mi infancia.

Conforme crecía, la conciencia acerca de mi situación mejoraba. Veía una foto, leía un libro, escuchaba una canción y sabía que pertenecía a un recuerdo específico. Algunos hechos del pasado me resultaban familiares y así es como pude presentir en cuál tiempo había vivido. Quise buscar mi lengua natal con no poca desesperación. Mi tío era bibliotecario y se esmeraba en mostrarme diccionarios, hasta que un día la hallamos. Cada palabra activaba mi cerebro con un recuerdo y en un par de meses recuperé lo que había perdido.

Mi madre amaba mi personalidad y alababa mi inteligencia. Disfrutaba presumir de su pequeño genio. Yo, aunque la quería, sentía hacia ella cierta distancia; como la que tengo ahora hacia usted, que, en el fondo, es simplemente alguien que me acoge en su casa. Nunca fue mi madre, solo mi anfitriona.

El primer encuentro lo tuve hace diez años, en un paseo del colegio. Lo vi sentado en una banca en el Museo de Historia y lo reconocí. Al igual que con Clara, su aspecto no era el mismo, había sido un respetable profesor y ahora cargaba la apariencia de un muchachillo. A pesar de eso, la esencia de sus rasgos se mantenía intacta. No pude evitar acercarme a él y llamarlo: “Godard”, sus ojos se abrieron.

Mucho tiempo después me confesó que esa era la primera vez que había escuchado su nombre, porque no podemos saberlo, señora, no podemos recordar nuestro nombre hasta que alguien nos lo diga; pero una vez que lo hemos recuperado no hay marcha atrás, el mundo cambia, nos volvemos parte. Yo desperté a Godard y Godard me despertó a mí. 

Fue como un sueño. Los sentimientos que había albergado en mi corazón por quince años se despertaron y liberé la opresión del pecho con mis historias. Godard había pasado por lo mismo: el espanto de la muerte, el letargo de la prisión, la tortura del crecimiento. A su lado, me sentía a salvo por primera vez, completamente aceptado.

Vivíamos en ciudades distintas, así que nos dedicábamos a teorizar por medio de correspondencia. Mi madre estaba feliz de que yo, con mi carácter retraído y desinteresado, hubiera hecho un amigo. Tuvimos a Gordard durante un par de temporadas, pasaba las vacaciones con nosotros, eran tiempos verdaderamente felices.

En la universidad, encontramos a la tercera. No habíamos sido tan cercanos en la otra vida, es cierto, pero ahora nos unían demasiadas historias. Cada palabra que articulábamos ayudaba a mover los hilos de nuestro cerebro y a completar el mapa de nuestros recuerdos. Todos con la misma edad; todos habíamos despertado en el mismo momento. Así supimos nuestra misión: encontrarlos a todos, a todos y cada uno de los integrantes de nuestra época.

Godard y yo nos hemos visto obligados a separarnos, para recorrer más terreno, por eso no me acompaña ahora. Mi trabajo como historiador me ha permitido acercarme a varias ciudades y descifrar los misterios relacionados con nuestra muerte. En mi vida pasada, me interesaba la ingeniería y la mecánica; de ahí mis diversiones pueriles. Ahora tengo una obsesión por el tiempo y los diarios viejos.

Con una facilidad que casi me disgustaba, pude encontrar noticias del acontecimiento que terminó con nuestras vidas; todas, al mismo tiempo. No es fácil ver su cadáver en una vieja fotografía, señora, y, sin menospreciar el valor de una segunda oportunidad, es algo que no le deseo. Mi cuerpo estaba tan destruido y marchito...

Sé que debe ser difícil creerlo. Y sepa que esta es la primera vez que le cuento mi historia a uno de los ajenos, a esos seres que quizá no pueden vivir dos veces o quizá no pueden recordarlo. Será porque usted es la madre de ella, de Clara, que puedo tenerle esta confianza. Al fin y al cabo, la conoce hace 25 años. No es fácil, ¿sabe? Contar esto, recordar estos momentos. 

¿Qué cara tengo que poner cuando le cuento que yo viajaba en el tren del Deguam que los terroristas lo hicieron estallar en pedazos sobre el río Salillo? Morí sin saberlo, sin comprender nada. No fue sino hasta esta vida que me enteré del motivo del dolor; no fue sino hasta que vi mi cuerpo atravesado por la viga que entendí mi necesidad de proteger mi estómago en todas las circunstancias. Este dolor, este pánico y estos recuerdos son antinaturales, señora, tan antinaturales como yo—la miró.

Ella se quedó en silencio, con las manos prensadas alrededor de la taza de té, que ya se había enfriado de más para su gusto.

—¿Y mi Clara? ¿Qué tiene que ver en todo esto?

—Clara y yo éramos estudiantes que habíamos aprobado el examen de la Universidad del Deguam. Estábamos comprometidos en ese entonces y pensábamos casarnos en un pueblo cercano antes de iniciar nuestros estudios. Ella estaba sentada a mi lado en el tren. El impacto hizo que mi cuerpo saltara y se incrustara en el metal. Clara se incineró en el interior, su cuerpo quedó completamente carbonizado.

La mujer no pudo disimular más. Soltó la taza y dejó escapar un sollozo mientras caminaba a la pila, una vez allí, se deshizo en un llanto desesperado.

—Clara, mi Clara.

—En otro mundo, en otra vida—intentó aclarar él, mientras se levantaba para consolarla.

—¿Y para eso ha venido? ¿Eso es lo que quiere que recuerde?—tuvo la fuerza necesaria para levantar la mirada y encararlo—. En la entrada, en el umbral, Clara no lo ha reconocido, aún hay esperanza de que sus recuerdos se hayan esfumado. ¿No dice usted que son recuerdos horribles?, ¿por qué quiere hacerlos volver? 

—Hay una parte de mi vida, una gran parte, que solo se puede recuperar con ella—pero de inmediato se dio cuenta de la tontería que estaba diciendo—. Tiene razón, tiene toda la razón—y bajó la mirada—, la felicidad de Clara en este momento es estar lejos de todo eso. La desesperación y la angustia de no ser nada y ser todo al mismo tiempo no debería ser vivida por nadie. Esto no es ser humano, esto no es vivir.

Él comprendió. Dejó la taza de té vacía en el fregadero y colocó una mano en el hombro de la mujer.

—Gracias por su tiempo. 

El hombre no necesitó decir nada más. Abrió por su cuenta la puerta del apartamento y descendió las escaleras del primer piso con la mano sobre el vientre, como si quiera detener una herida de tiempos pasados.

—Frederike—una voz dulce y suave, desde la parte superior de la escalera; una voz de tiempos lejanos, un nombre de eras antiguas.

—Maran—lo pronunció casi sin querer, como lo hubiera dicho en otro tiempo.

Al darse la vuelta, la a descubrió con sus ojos igual de grandes, su cabello de un color distinto y el mismo aire de muchacha tímida y desorientada que lo había enamorado, muchos años antes de subirse al tren del Deguam.